domingo, 28 de agosto de 2011
¿ Y el cigarrillo del café ?
Hace ya una semana me pasó algo que me desconcertó un poco y que ahora me ha venido a la memoria. Nos íbamos a tomar algo en un chiringuito de la playa y yo esperaba a terminarme el cigarrillo en la puerta cuando el camarero me invitó a entrar sin preocuparme por el humo que desprendía mi tabaco. En principio no supe como reaccionar y entré al local como si estuviera haciendo algo mal (cosa que estaba haciendo realmente) y me quedé perplejo mirando los ceniceros expuestos encima de la barra. Curiosa respuesta de un fumador empedernido como yo.
Hace unos meses, incluso me hubiera cabreado y habría decidido largarme de un lugar donde no me permiten fumar pero ahora, sin embargo, lo veo extraño y una falta de respeto a mis semejantes no fumadores. De buenas a primeras todos tenemos claro que un sitio cerrado no se puede fumar. De pronto esa ley anti-tabaco, que por lo menos yo pensaba inservible en su momento, nos ha conseguido moldear y cambiar completamente nuestras costumbres.
El ser humano es un animal de costumbres, costumbres muy difíciles de cambiar y por la que en algunos casos se cometen atrocidades y se hacen leyes para que no parezcan tales y de repente, casi sin darnos cuenta, cambiamos literalmente una pauta de actuación y lo que antes activaba una conducta, ahora la inhibe. Me refiero a, entre otras muchas ocasiones, ese cafelito que sin un cigarrillo en la boca no sabía igual. Ahora nadie se plantea ni por asomo encenderse uno en la cafetería o en el bar, por no hablar de otros muchos lugares que ahora vemos como una auténtica locuras encerderse un cigarro, por ejemplo, un hospital. Recordemos que no hace tanto fumábamos como descosidos en esos sitios.
De todo esto saco una conclusión que me llena de esperanza. El ser humano es capaz de cambiar, es capaz de reaccionar, es capaz de todo. Y no hacen falta grandes terapias conductuales para ello (aún que a veces si...), sólo hace falta sentido común.
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